lunes, 18 de mayo de 2009

Día 11: Santiago de Compostela

El día 11 se presenta muy tranquilo. La verdad es que estamos muy cansados del viaje de ayer, fue algo agotador, y estamos cansados de tanto coche, así que decidimos pasar el día por Santiago, conocerlo andando por sus calles, ya que ayer por la noche nos encantó lo poco que vimos.

Nos levantamos no demasiado pronto, pero sí lo suficiente como para desayunar con tiempo en el hotel. Bajamos al salón donde dan los desayunos, el salón de los peregrinos. Nos cuesta un poco de encontrar, ya que se accede desde la planta baja con un acceso no demasiado claro. Al final, preguntamos al botones que abre la puerta y nos lo dice.

Cuando llegamos al salón y vemos el desayuno... ¡increíble! ¡Hay de todo! Es un buffet libre de lujo, eso sí, está a tope, y eso que estamos en crisis. Está lo típico de siempre, fruta, fiambre y postres pero con más cosas de lujo, por ejemplo, salmón ahumado, espárragos, varias clases de jamón serrano, fresas... Así que, como siempre, desayunamos una barbaridad.

Después del desayuno, estamos muy llenos, cómo no. Subimos a la habitación a lavarnos los dientes y es cuando, tumbados en la cama, nos dormimos la siesta a las 11 de la mañana. Aunque no lo parezca, viajar cansa, y mucho. Cuando nos despertamos, es cerca de la una del mediodía. Nos vamos a ver Santiago.

Al salir del hotel, vemos que hace mal día, está chispeando y tenemos que abrir el paraguas. Vamos a visitar la catedral, pero nos equivocamos de entrada y tenemos que ir a buscarla y justo en este momento vemos un trenecito turístico. Como encima hace el tiempo así, decidimos subirnos.

Viajamos en tren por las calles de la ciudad, aunque se centra sobre todo en la parte más nueva, lo que no es el centro histórico, cuando lo más bonito es eso, así que a Carlos no le acaba de gustar demasiado. Llegamos otra vez al centro. Vamos en busca de la entrada a la catedral, aunque esta vez tenemos más suerte y la puerta de entrada principal está abierta, ya que se ha acabado la misa. La catedral por dentro es muy bonita, pero tengo que reconocer que por fuera es preciosa y me gusta mucho más. Por ser semana santa, está llena de gente y es difícil disfrutarla. Vemos el botafumeiro que tantas veces hemos visto por televisión.



Salimos y decidimos dar un paseo por las calles de la ciudad. Caminamos por ellas entrando en cada tiendecita y mirando los posibles regalos que vamos a llevar a Valencia. El viaje se acaba y tenemos que comprarlos ya. Ya es tarde para comer, pero con el atracón del desayuno no tenemos demasiada hambre, así que decidimos tomar unos pinchos en un bar de la Rúa do Franco (es una de las calles principales y sin duda la más transitada). Son de tortilla de patatas con queso y bacon, chistorra con pimiento de Padrón y, acompañados de una copa de albariño.

Después del tentempié, nos vamos al hotel. Tantas compras nos han vuelto a agotar, así que nos vamos a descansar. Dormimos la siesta desde las 17 horas hasta las 20 horas. ¡Ufff! ¡qué vida esta! Podría acostumbrarme a vivir así...

Cuando nos despertamos, salimos y está lloviendo a cántaros. Subimos otra vez a la habitación con la idea de buscar en internet un buen sitio donde hagan mariscadas pero que no nos tomen el pelo, ni con el precio ni con la calidad. En internet encontramos un par de referencias, pero una vez en la calle, no sé, no me acaban de convencer, así que decidimos ir a la otra taberna que nos recomendó la chica de la tienda donde vendían albariños, O gato negro.

La taberna es más bien bastante cutre, pero está a tope, y no de turistas, así que suponemos que estará bien. Esperamos mesa durante unos 20 minutos y mientras Carlos pide una copa de albariño y yo una coca-cola. Por fin, nos dan una mesa en una sala pequeña, de unos 15 metros cuadrados, la única sala del restaurante. Para cenar, pedimos un pulpo a la gallega y una especie de chipirón en su tinta. Lo mejor de todo (personalmente), el pan. ¡Nos comemos la bandeja entera de pan gallego!, y eso que nosotros no somos de comer pan. Además, pedimos una jarra de ribeiro, por probarlo. Es un vino muy turbio, aunque no está mal, nos gusta más el albariño.

Al salir de la taberna, vamos paseando por las bonitas calles de Santiago. Es precioso, tiene un encanto increíble de noche. Lo malo es que sigue lloviendo. Hacemos unas cuantas fotos a los edificios y nos vamos hacia el hotel, no sin antes encontrarnos otra vez con la tuna. Estuvimos un rato mirando cómo tocaban y animaban la noche. La verdad es que lo hacen muy bien.



Al llegar al hotel, entramos en la cafetería a tomarnos un café solo Carlos y un café con leche yo, con unas pastas de té. Tras este duro día, nos vamos a dormir.

¡Buenas noches!

No hay comentarios: